martes, 8 de noviembre de 2022

Jardines que se bifurcan

 

Fotografía del facebook de Ana Mª Reviriego

Había empezado a picotear en los volúmenes de las obras de Fray Luis de León publicados por Galaxia Gutenberg y el Círculo de Lectores, y digo picotear, porque la lectura iba y venía, como pájaro que picotea briznas en huerto ajeno, cuando llegó la sugerencia de Ana María Reviriego de participar en la mesa de debate sobre poesía, filosofía y naturaleza de las II jornadas de Poetas en los pueblos de España. Aceptar la propuesta era meterse en un buen jardín, pero vino Fray Luis de León en mi auxilio. Antes de dar paso a las reflexiones sobre Los nombres de Cristo, establece el marco y los personajes que se adentrarán por la selva oscura del tema anunciado en el título. Y ahí, nada más empezar, el jardín filosófico se despliega en todo en su esplendor.

“Es la huerta grande, y estaba entonces bien poblada de árboles, aunque puestos sin orden; mas eso mismo hacía deleite en la vista, y sobre todo, la hora y la sazón. Pues entrados en ella, primero por un espacio pequeño, se anduvieron paseando y gozando del frescor, y después se sentaron juntos a la sombra de unas parras, y junto a la corriente de una pequeña fuente, en unos ciertos asientos. Nace la fuente de la cuesta que tiene a las espaldas, y entraba en la huerta por aquella parte, y corriendo, y estropezando, parecía reírse. Tenían también delante de los ojos y cerca dellos una alta y hermosa alameda. Y más adelante y no muy lejos, se veía el río Tormes, que aún en aquel tiempo hinchiendo bien sus riberas, iba torciendo el paso por aquella vega. El día era sosegado y purísimo y la hora muy fresca” (p. 14)

Como un eco de aquel jardín, el jardín de El convento de Hervás, la mañana fresca y soleada, de cielo límpido y piar de aves entre las ramas. Nos adentramos por este jardín, no de la mano de Fray Luis sino de Ana Reviriego y Carlos, el artífice jardinero, hasta el casi ara o altar, a través de un laberinto de pasillos de boj, enramados de tomates y pimientos en el huerto, laureles, olivos, árboles frutales dispersos y enredaderas de sombra amena en el mullido verdor de tierna hierba. Las sillas invitaban a la languidez del reposo y el estiramiento de miembros ávidos de sol, tal era el frescor de la humedad que trepaba por las piernas. No era la feliz primavera del poema de Fray Luis, sino un enmascarado otoño veraniego el que apuntaba entre las tomateras todavía henchidas de frutos rojos:

Del monte en la ladera,

por mi mano plantado tengo un huerto,

que con la primavera

de bella flor cubierto

ya muestra en esperanza el fruto cierto.

 

Y como codiciosa

por ver acrecentar su hermosura,

desde la cumbre airosa

una fontana pura

hasta llegar corriendo se apresura.

 

Y luego, sosegada,

el paso entre los árboles torciendo,

el suelo, de pasada,

de verdura vistiendo

y con diversas flores va esparciendo.


El aire el huerto orea

y ofrece mil olores al sentido;

los árboles menea

con un manso ruïdo

que del oro y del cetro pone olvido.

Nada invitaba a desviarse de ese locus amoenus por el otro lugar de Fray Luis:

                    Aquí la envidia y mentira

me tuvieron encerrado.

Dichoso el humilde estado

del que sabio se retira

de aqueste mundo malvado,

 

y con pobre mesa y casa

en el campo deleitoso

con sólo Dios se compasa

y a solas su vida pasa,

ni envidiado ni envidioso.

La luz jugaba entre las ramas y proyectaba japonerías en el hueso del tejido que protegía de la insolación el ara vestido de lienzos blancos. Ningún ciprés traía la desolación al espíritu. Ningún pepito grillo, el remordimiento. Y, sin embargo, las palabras volvían de lo alto a lo cercano, de lo excelso a lo inmediato, como el chirrido del grillo de Eduardo Moga en Hombre solo (ed. Huerga & Fierro):

                    Chirría un grillo. 

Solo uno. 

De todos los grillos que podrían chirriar 

esta noche, solo lo hace 

uno. 

Su chirrido raspa el aire, 

araña 

siderúrgicamente 

el oído. 

Hasta que me acerco. 

Entonces cesa. 

El silencio que brota restaña 

el aire herido, 

pero ese cauterio es tanto un bálsamo 

como una congoja. 

El ciprés en el que pernocta el grillo 

también es uno. 

Hay otros árboles, pero no son  

el ciprés uno, 

el ciprés solo como la noche, 

vertical como la noche. 

No se cimbrea: encaja en la oscuridad  

como una cuña de jade en una pared de pizarra. 

Paso junto a los dos, el grillo que ya no chirría 

y el ciprés solo, 

con mi propio silencio a cuestas. 

Mi soledad tiene dos piernas 

y un corazón 

y una lengua ciega, que se suma 

al coro ausente del insecto y el árbol. 

Yo también soy uno, pero esa unidad 

no me define, 

sino que me desfigura. 

Me atropella el ruido estupefaciente 

de un motorista. 

Quizá su cabalgadura encierra 

una legión de grillos 

o un vendaval de cipreses. 

Pero es un ruido solo, 

un hombre solo, 

una noche sola.  

Sigo andando. Cada paso 

es un grillo que enmudece, 

un ciprés que se adentra en la negrura, 

un yo exento de otros seres 

que oye su propio chirriar en el vacío metálico 

de la noche, repleta 

de ruidos que no respiran, 

de multitudes  

que no son nadie, 

que no apuntan al cielo 

ni a la tierra, sino a una inhóspita 

laxitud, 

hecha de tiniebla. 

Cada paso es una isla.  

La luna, nevada y sola,  

es una isla. 

Yo soy una isla. 

Me alejo del ciprés. Quizá el grillo que lo habita 

haya vuelto a chirriar, 

pero ya no lo oigo. 

Me acerco a otro ciprés. Es más alto 

que el anterior. También lo despinta 

la noche. Pero este no dice 

nada. No acoge 

a nadie. Solo habla él, mudo. 

Cuando paso a su lado, mi caminar se funde 

con su entraña: se vuelve su tronco, 

su unidad. 

Otra unidad sin lengua, 

oscura. 

Pasa un motorista más. Su ruido 

es el silencio del mundo. 

Continúo, 

solo. 

El Dios, tan presente de Fray Luis, se desvanece en medio de la luz de donde la sombra emerge. Siguiendo las sombras o los carbones del incendio de Briznas de quien (inédito), se camina por el jardín como por un reverso:

                    hay hojas que lloran la caricia

que rasca

del humo

y hay torretas cigarras de cantar insomne

aladas

incorpóreas

visibles

en la densa penumbra del incendio

 

la tristeza que hace caer las hojas

devora desde dentro

el corazón del hombre

y la suma de las partes

no da nunca el todo

falta

lo inmensurable

 

a la carne artificial

el sabor

al hombre inmortal

el hastío de vivir

 

la despreciada porción del desconcierto

aborta todo mundo feliz

que se proyecta

 

permanece

aquello que nos une

el color parduzco de la desolación

la desvencijada trama de la ruina

 

no mires más lejos de tu paso

 

la luz refracta bellezas destructoras

ángeles                  querubines

huríes en el paraíso

hombres cibernéticos

la vida feliz de otros planetas

 

no des cobijo a la quimera

 

a ras de suelo

 

a ras de suelo

se cuecen las pasiones de los hombres

a ras de suelo

amasan fortunas de deshechos los que pierden

la bolsa de basura

gris lobo      verde escabeche     azul de prusia

es digno recipiente para la corvea de los días

 

aunque no sepas de donde sopla el viento

 Y aquí estamos, solos, a la intemperie de esta luz, este sol, nubes de paso, en esta época de caballos de apocalipsis desatados y visiones catastrofistas de fin de planeta, en el regocijo de estar juntos y reconocernos en la palabra.

lunes, 17 de octubre de 2022

LIBRO-CATÁLOGO

Fragmento de la página de créditos del libro-catálogo
  José Antonio Cáceres. La consciencia de ser. 
Badajoz, MEIAC 2019.

Los formatos híbridos, si bien violentan la rigidez de la publicación que permite organizar el contenido del que se hacen eco, tienen la ventaja de abrir posibilidades al permitir la inclusión de lo que hubiera estado fuera de lugar. Son formas que enriquecen la visión al abordar el objeto de estudio/exposición no sólo desde el ángulo de la impresión estética, sino que incluyen análisis desde diferentes ángulos en su desarrollo.

Cuando Antonio Franco me propuso presentar el proyecto de exposición de la obra de José Antonio Cáceres en el MEIAC, ni a mí se me pasó por la cabeza figurar como “comisaria” (palabro poco poético), y mucho menos que habría de abordar la elaboración de un estudio para la misma. Julián Rodríguez y Antonio Franco, ya fallecidos no pueden dar fe de lo que aquí sostengo. Pero Juan Luis Espada quizá recuerde aquella conversación. Me convenció el argumento: “la exposición pasa, el catálogo queda”. Quizá fue mi propia inexperiencia, o la formación fundamentalmente filológica, pero, sin ninguna duda, la complejidad y amplitud de la inédita obra de la que debía dar cuenta, la que me enredó -días y noches- en un estudio que fue tomando forma lejos del planteamiento de lo que constituiría un texto propio de un catálogo. El resultado no debió desagradar cuando lo que se decidió fue dar forma al libro para que acogiera el estudio como si fuera un catálogo. Y ahí, he de agradecer al equipo que lo hizo posible: Julián Rodríguez, Juan Luis Espada y todos los responsables del MEIAC que intervinieron.

Después, he podido ver con alborozo, que aquella “PUBLICACIÓN” como aparece en la página de créditos José Antonio Cáceres. La consciencia de ser, sin definición, porque todavía no existía, la alcanzó de manos sin duda de José Luis Bernal. Así se recoge en la publicación del MEIAC: Timoteo Pérez Rubio. Poeta-pintor en Brasil: soledad, amor y melancolía.

“Este libro-catálogo se ha editado con motivo de la Exposición homónima celebrada en el MEIAC de Badajoz, en octubre de 2021…”

Y reconoce su directora, Catalina Pulido, en el texto preliminar del mismo: 

“Para el MEIAC tiene un significado especial poder presentar este proyecto en el que se conjugan de forma impecable una sistemática investigación literaria y la revisión de obras pictóricas pertenecientes a un periodo vital de Timoteo Pérez Rubio marcado por el exilio”.

Ha sido la materia, el objeto expositivo, las características de la trayectoria creativa del artista lo que ha determinado el formato. No es lo mismo una exposición de obra plástica, exclusivamente, que una trayectoria creativa compleja, híbrida: la del poeta-pintor. Mermar una u otra faceta, dividiendo estudio literario, por un lado, exposición y estética de la obra plástica, por otro, hubiera amputado y distorsionado la visión de conjunto que se pretendía en la exposición. En el caso de José Antonio Cáceres, la poesía experimental fusionaba ambas: escritura y pintura. No había más remedio.

No voy a lamentarme de los malentendidos que la no existencia de denominación del formato de la publicación me ha acarreado: aclarar, en múltiples ocasiones, entre otros, que “La consciencia de ser” no es otra obra del poeta José Antonio Cáceres, como así parece deducirse de portada y lomo, sino el título que he dado a mi trabajo. Sin embargo, sí está claro en la hoja de créditos.

Por lo tanto, no tengo más remedio que reivindicar, porque ha sido mi trabajo desinteresado de largos años, no sólo el estudio preliminar extenso, sino la selección de imágenes en función del estudio que se presenta y de las claves que me parecen fundamentales a la hora de abordar la comprensión de la vasta producción poética, pictórica y experimental del poeta. También la búsqueda y contactos de los autores que añaden sus textos como homenaje al poeta, con el que cruzaron sus caminos en diferentes periodos. Y, sobre todo, la organización de la cronología y de la bibliografía hasta la fecha de la publicación. Incompleta, con toda seguridad. Para la bibliografía conté con la inestimable ayuda de Fernando Millán.

Supongo que la normativa universitaria y de publicaciones, que distingue entre catálogo, libro, artículo de revista, artículo de web, etc. no sabrá qué hacer con este nuevo artefacto a la hora de referenciarlo todavía. Esperemos que encuentre el modo para que vea respetado mi trabajo.

domingo, 6 de febrero de 2022

Sólo son felices los esclavos

 




Va calando como lluvia fina. Seremos felices como animalitos domesticados, o sea, como esclavos. 


¡Adiós nuestro comercio! Sin libertad no hay comercio.
Unamuno. Paz en la guerra.

No hay libertad sin propiedad. No hay propiedad sin libertad.
Federico Jiménez Losantos
Sin bares no hay libertad. 
                                                    Grafiti en Cáceres. Anónimo.

No tendrás nada y serás feliz.
Foro Económico Mundial de Davos. Agenda 2030.

El humanismo ha sido cancelado. 

                               Fernando Savater 'Los animales, seres sintientes'

miércoles, 12 de enero de 2022

Cáceres, la ciudad que podría levitar


Foto de Isabel Blanco Ollero (en Facebook)

Cuenta Torrente Ballester en su novela "La saga fuga de J.B." que cuando los habitantes de Castroforte del Batalla están preocupados la ciudad entera levita. No sé si después de este número de Norbania "la ciudad que queremos" (número 8, 2021) Cáceres se desgajará de sus cuadernas y cimientos y acabará sobrevolando la península, levemente escorada por los vientos hacia un interior cada vez más paupérrimo.  Lo imaginado y lo real suelen tener puntos de desencuentro. 

Cuando llegó la fotografía y lo real empezó a ser representado como copia por la cámara oscura, la pintura pareció quedarse sin objeto y derivó hacia la deformación (Impresionismo, Expresionismo, Abstracción...) o hacia el perfeccionismo más absoluto en la representación de lo real, el Hiperrealismo, tan excesivo en su declinación de lo real, tan real, que lo  convirtió en materia de los sueños. Surrealismo de Dalí, por poner un ejemplo.

En no pocas ocasiones la fotografía se ha distanciado del objeto y se ha adentrado en busca del reflejo, la luz, la forma descomponiendo lo real en partes, conduciendo a la abstracción la representación, antes "fidedigna" de lo real (si es que esto fuera posible). Ahora que lo real se vuelve virtual, quizás a la fotografía le vuelva la sed de la captura de la magia de lo real tal como se despertara en los dibujos de las cavernas y se desplegara en la pintura a lo largo de los siglos. Algo de esto he creído percibir en algunas imágenes publicadas en la revista.

En las fotografías de Miriam A. Gómez Cornejo de la parte antigua de la ciudad de Cáceres existe una búsqueda de la expresividad propia del dibujo. Un cierto trazo grueso próximo a la nota rápida del carbón sobre el papel. Una búsqueda de la distorsión que el ojo y el trazo de la mano introducen en la reproducción de volúmenes y espacios. Como si por detrás de la cámara, el ojo proyectara el cúmulo de imágenes de la memoria, los apuntes, dibujos, tintas que uno conoce de esos espacios de la ciudad. O quizá es que el que mira las fotos, ahíto de virtualidad, consumado bebedor de pinturas, no ve sino lo que depositado en la memoria toma cuerpo como real. Porque esto del ver, el conocer y el ser sigue siendo la piedra de Tántalo del ser humano. Ver la ciudad, conocer la ciudad conduce al ser de una ciudad que hoy parece estar en una encrucijada. Preservar lo real sin dejarse arrastrar a lo virtual y taponarse los oídos ante ciertos cantos de sirenas quizá permita a la ciudad seguir arraigada. Dependerá de lo que el tema preocupe a sus habitantes.