domingo, 29 de enero de 2023

sobre un orden de calles


Palmera en la sombra. Emilia Oliva
Frottage, 29,5 x 21 cm.


sobre un orden de calles sin vejez

repican campanas

perros ladran     en las cercas

vacas pacen en pesebres alzados

 

se abre la luz

en vastedad sin nubes

se cuela por ladrillos de secaderos cerrados

se hace verde en los prados

 

lo llano se desdobla

al color y su aroma

de pasto y de acequia

de longevo silencio

por caminos trenzados

 

enhiesta palmera

se dibuja al trasluz

sobre anillos de edad

de árbol desmochado

 

hay un eco en la luz

un reverbero de sombras

en el espacio blanco

 

De Cuaderno de viaje

Valdesalor, 29 enero 2023


miércoles, 25 de enero de 2023

Carantoñas

Carantoñas. Emilia Oliva
Acuarela, 2023. 42 x 29,7 cm.

 

ángeles malos, iracundos, lanzan flechas con venenos

o apolo dispara el dardo que da muerte

o dios que es juez y justo afila espada o acribilla

 

es el día de la ira    la venganza de la peste

 

San Sebastián asaetado intercede

o eso creen los creyentes

 

en Acehuche

palabra

ungüento mágico consuela más allá de la carne

caricia se transmuta

cuerpo de bestia sin mandato de justicia

Carantoña

ajena a piedad o perdón

lame heridas

protege                     abre paso al renuevo

 

después de historia o cuento

procesión o culto

es danza       liberación     conjuro

ritmo de flauta y tamboril

embebido            no en inciensos o canciones

en aroma de romero

 

de la fiereza y vísceras desgarradas de la muerte

queda el susurro        el abrazo

la humildad del gesto

el giro acompasado de los oficiantes

el milagro de la vida en los retoños de los hombres

sin miedo ya al espanto

 

y a nosotros

impenitentes

el acatamiento de lo que nos trasciende

 

 De Cuaderno de viaje 

20 de enero de 2023

San Sebastián y Carantoñas (Acehuche)

lunes, 26 de diciembre de 2022

los caminos del agua

Emilia Oliva, Sin título. Carboncillo y sanguina sobre papel, 2022.

 

los caminos del agua son inextricables

 

surca un regato el muro de una plaza de garaje

oscura en el sótano 

el edificio construido en un alto

 

cómo llega a la altura el agua y mana

 

o se vierte en fuente de dos caños

rebosa en pilones 

con las vistas más bellas a la sierra y el valle

 

mujeres lavaron al sol del invierno

enjuagaron en pilones escalonados

los de agua más clara, arriba

y así se iba enturbiando hasta llegar 

al más bajo

                    el del lavado

 

quizás los ángeles malos que se asoman

en las paredes en ruinas del cementerio viejo

relegaron la iglesia a la hondonada

elevaron manantío y lavadero al cerro

 

solo por ver reír al sol a las lavanderas

 

quizás tentándoles al oído

todo esto es tuyo 

lo que roza tu piel 

lo que se desliza en tus manos

lo que tu ojo alcanza

 

De Cuaderno de viaje 

26 de diciembre de 2022, Talaván (Cáceres)

 

martes, 8 de noviembre de 2022

Jardines que se bifurcan

 

Fotografía del facebook de Ana Mª Reviriego

Había empezado a picotear en los volúmenes de las obras de Fray Luis de León publicados por Galaxia Gutenberg y el Círculo de Lectores, y digo picotear, porque la lectura iba y venía, como pájaro que picotea briznas en huerto ajeno, cuando llegó la sugerencia de Ana María Reviriego de participar en la mesa de debate sobre poesía, filosofía y naturaleza de las II jornadas de Poetas en los pueblos de España. Aceptar la propuesta era meterse en un buen jardín, pero vino Fray Luis de León en mi auxilio. Antes de dar paso a las reflexiones sobre Los nombres de Cristo, establece el marco y los personajes que se adentrarán por la selva oscura del tema anunciado en el título. Y ahí, nada más empezar, el jardín filosófico se despliega en todo en su esplendor.

“Es la huerta grande, y estaba entonces bien poblada de árboles, aunque puestos sin orden; mas eso mismo hacía deleite en la vista, y sobre todo, la hora y la sazón. Pues entrados en ella, primero por un espacio pequeño, se anduvieron paseando y gozando del frescor, y después se sentaron juntos a la sombra de unas parras, y junto a la corriente de una pequeña fuente, en unos ciertos asientos. Nace la fuente de la cuesta que tiene a las espaldas, y entraba en la huerta por aquella parte, y corriendo, y estropezando, parecía reírse. Tenían también delante de los ojos y cerca dellos una alta y hermosa alameda. Y más adelante y no muy lejos, se veía el río Tormes, que aún en aquel tiempo hinchiendo bien sus riberas, iba torciendo el paso por aquella vega. El día era sosegado y purísimo y la hora muy fresca” (p. 14)

Como un eco de aquel jardín, el jardín de El convento de Hervás, la mañana fresca y soleada, de cielo límpido y piar de aves entre las ramas. Nos adentramos por este jardín, no de la mano de Fray Luis sino de Ana Reviriego y Carlos, el artífice jardinero, hasta el casi ara o altar, a través de un laberinto de pasillos de boj, enramados de tomates y pimientos en el huerto, laureles, olivos, árboles frutales dispersos y enredaderas de sombra amena en el mullido verdor de tierna hierba. Las sillas invitaban a la languidez del reposo y el estiramiento de miembros ávidos de sol, tal era el frescor de la humedad que trepaba por las piernas. No era la feliz primavera del poema de Fray Luis, sino un enmascarado otoño veraniego el que apuntaba entre las tomateras todavía henchidas de frutos rojos:

Del monte en la ladera,

por mi mano plantado tengo un huerto,

que con la primavera

de bella flor cubierto

ya muestra en esperanza el fruto cierto.

 

Y como codiciosa

por ver acrecentar su hermosura,

desde la cumbre airosa

una fontana pura

hasta llegar corriendo se apresura.

 

Y luego, sosegada,

el paso entre los árboles torciendo,

el suelo, de pasada,

de verdura vistiendo

y con diversas flores va esparciendo.


El aire el huerto orea

y ofrece mil olores al sentido;

los árboles menea

con un manso ruïdo

que del oro y del cetro pone olvido.

Nada invitaba a desviarse de ese locus amoenus por el otro lugar de Fray Luis:

                    Aquí la envidia y mentira

me tuvieron encerrado.

Dichoso el humilde estado

del que sabio se retira

de aqueste mundo malvado,

 

y con pobre mesa y casa

en el campo deleitoso

con sólo Dios se compasa

y a solas su vida pasa,

ni envidiado ni envidioso.

La luz jugaba entre las ramas y proyectaba japonerías en el hueso del tejido que protegía de la insolación el ara vestido de lienzos blancos. Ningún ciprés traía la desolación al espíritu. Ningún pepito grillo, el remordimiento. Y, sin embargo, las palabras volvían de lo alto a lo cercano, de lo excelso a lo inmediato, como el chirrido del grillo de Eduardo Moga en Hombre solo (ed. Huerga & Fierro):

                    Chirría un grillo. 

Solo uno. 

De todos los grillos que podrían chirriar 

esta noche, solo lo hace 

uno. 

Su chirrido raspa el aire, 

araña 

siderúrgicamente 

el oído. 

Hasta que me acerco. 

Entonces cesa. 

El silencio que brota restaña 

el aire herido, 

pero ese cauterio es tanto un bálsamo 

como una congoja. 

El ciprés en el que pernocta el grillo 

también es uno. 

Hay otros árboles, pero no son  

el ciprés uno, 

el ciprés solo como la noche, 

vertical como la noche. 

No se cimbrea: encaja en la oscuridad  

como una cuña de jade en una pared de pizarra. 

Paso junto a los dos, el grillo que ya no chirría 

y el ciprés solo, 

con mi propio silencio a cuestas. 

Mi soledad tiene dos piernas 

y un corazón 

y una lengua ciega, que se suma 

al coro ausente del insecto y el árbol. 

Yo también soy uno, pero esa unidad 

no me define, 

sino que me desfigura. 

Me atropella el ruido estupefaciente 

de un motorista. 

Quizá su cabalgadura encierra 

una legión de grillos 

o un vendaval de cipreses. 

Pero es un ruido solo, 

un hombre solo, 

una noche sola.  

Sigo andando. Cada paso 

es un grillo que enmudece, 

un ciprés que se adentra en la negrura, 

un yo exento de otros seres 

que oye su propio chirriar en el vacío metálico 

de la noche, repleta 

de ruidos que no respiran, 

de multitudes  

que no son nadie, 

que no apuntan al cielo 

ni a la tierra, sino a una inhóspita 

laxitud, 

hecha de tiniebla. 

Cada paso es una isla.  

La luna, nevada y sola,  

es una isla. 

Yo soy una isla. 

Me alejo del ciprés. Quizá el grillo que lo habita 

haya vuelto a chirriar, 

pero ya no lo oigo. 

Me acerco a otro ciprés. Es más alto 

que el anterior. También lo despinta 

la noche. Pero este no dice 

nada. No acoge 

a nadie. Solo habla él, mudo. 

Cuando paso a su lado, mi caminar se funde 

con su entraña: se vuelve su tronco, 

su unidad. 

Otra unidad sin lengua, 

oscura. 

Pasa un motorista más. Su ruido 

es el silencio del mundo. 

Continúo, 

solo. 

El Dios, tan presente de Fray Luis, se desvanece en medio de la luz de donde la sombra emerge. Siguiendo las sombras o los carbones del incendio de Briznas de quien (inédito), se camina por el jardín como por un reverso:

                    hay hojas que lloran la caricia

que rasca

del humo

y hay torretas cigarras de cantar insomne

aladas

incorpóreas

visibles

en la densa penumbra del incendio

 

la tristeza que hace caer las hojas

devora desde dentro

el corazón del hombre

y la suma de las partes

no da nunca el todo

falta

lo inmensurable

 

a la carne artificial

el sabor

al hombre inmortal

el hastío de vivir

 

la despreciada porción del desconcierto

aborta todo mundo feliz

que se proyecta

 

permanece

aquello que nos une

el color parduzco de la desolación

la desvencijada trama de la ruina

 

no mires más lejos de tu paso

 

la luz refracta bellezas destructoras

ángeles                  querubines

huríes en el paraíso

hombres cibernéticos

la vida feliz de otros planetas

 

no des cobijo a la quimera

 

a ras de suelo

 

a ras de suelo

se cuecen las pasiones de los hombres

a ras de suelo

amasan fortunas de deshechos los que pierden

la bolsa de basura

gris lobo      verde escabeche     azul de prusia

es digno recipiente para la corvea de los días

 

aunque no sepas de donde sopla el viento

 Y aquí estamos, solos, a la intemperie de esta luz, este sol, nubes de paso, en esta época de caballos de apocalipsis desatados y visiones catastrofistas de fin de planeta, en el regocijo de estar juntos y reconocernos en la palabra.