jueves, 5 de agosto de 2021

Hablando se entiende la gente

El banquero anarquista mina el refrán de que hablando se entiende la gente, eso que ahora está en boga bajo eslóganes con  palabras que parecieran mágicas en política: el diálogo, el consenso. Lo plantea con finura exquisita y con pocas palabras, al inicio. No lo establece como sentencia o moralina al final. Dos amigos conversan tras una cena, la conversación decae y para reanimarla, el amigo del banquero y narrador de la historia saca a colación algo que le han dicho sobre el banquero: que en otro tiempo fue anarquista. La conversación de haber seguido en la pátina de superficie, sin sumergirse en la comprensión profunda de la paradoja de ser banquero y anarquista, hubiera acabado amorteciéndose como otra más. Pero no habría cuento ni historia. La conversación, sin embargo, se prolonga largo rato porque lejos de mantenernos en la superficie de que fue locura de juventud o decepción de madurez y que es agua pasada, el banquero afirma contundentemente que fue y sigue siendo anarquista.  La demostración de ese convencimiento del banquero será el eje de la conversación. Podría parecer que ese diálogo que va adentrándose hacia simas profundas del comportamiento humano  podría acabar en tablas, por educación, cortesía o amistad. Y aparentemente ese es el tono. Sin embargo, lo que se pone en evidencia, es la fragilidad de la amistad –ese consenso mundano-  aunque exista diálogo. El “amigo” del banquero que escucha toda la argumentación cambia sus modales ante el cinismo argumental del banquero. El banquero no se apea un ápice ni revisa su posición. La última frase, seis palabras que no desvelo, abre en canal la aparente amistad, con precisión de bisturí. Muestra el abismo que existe siempre entre las personas si nos adentramos más allá de la máscara.  

 

En El banquero anarquista y otros cuentos de raciocinio de Fernando Pessoa. 

lunes, 7 de junio de 2021

El cuerpo de la letra


Museo Pérez Comendaro-Leroux


Quizás me despistó el título de la obra poética completa Autosugestión a la hora de entender el proceso de la generación de signos en las obras experimentales de José Antonio Cáceres. Vi rápidamente la estrecha relación que había entre la indagación de las formas de representación de lo real a través del dibujo, las tintas, las acuarelas, los óleos o los recortes de collages y los signos, las letras, las caligrafías inventadas. Ha sido mientras organizábamos las obras para la exposición 80 aniversario. José Antonio Cáceres en el Museo Pérez Comendador-Leroux a través dela pregunta de César Velasco Morillo, director del Museo, al autor:

– ¿Qué fue primero el signo o el dibujo?

cuando José Antonio Cáceres desvela una inversión en el proceso al responder:

– El signo, lo primero es el signo, luego surge el dibujo.

La respuesta me desconcierta. En la evolución del arte prehistórico, la abstracción es un paso posterior a la representación realista, salvo que esté equivocada. Verifico en el reverso de la serie de dibujos que exponemos la numeración que nos permite organizar temporalmente la secuencia y, en efecto, lo más antiguo en José Antonio Cáceres es la abstracción. Lo primero es el signo en el proceso creativo, como una iluminación (Signos I. Cuaderno italiano / Ancía. Pido la paz y la palabra). Luego, en la racionalización de la imagen creada, en la indagación de donde viene es cuando el autor llega a las variaciones de dibujos y pinturas. Como si en el proceso de representación y acotamiento de lo real lo primero fuera la imagen mental, y la plasmación plástica de esa imagen condujera después a lo real. Análogo al proceso que, según Noam Chomski, se produce en la estructuración del lenguaje en los niños. O en la concepción bíblica, primero fue el Verbo. 

La cita destacada del “Apéndice” por David Pavo Cuadrado en su reseña (1) sobre la primera obra experimental del autor Figura, publicada por la Universidad de Extremadura en 2020, viene a confirmar el proceder creativo de José Antonio Cáceres:

“una obra de arte es una obra de arte y no la realidad [...] se exterioriza solo en lo material [...] no existe más que el signo en el que significado y significante se estructuran [...] La obra de arte es aquella unidad indisoluble, aquella estructura que el artista ha creado y que nos transmite íntegramente”

(JA Cáceres, Figura, pp. 183-185).

Concepción de artista demiurgo, creador de universos. De ahí que su obra inédita “Unidad del mundo” permanezca inacabada por analogía con la creación divina y avance, como en el Génesis, del macrocosmos al microcosmos en su desarrollo.


(1) http://revistaindex.net/index.php/cav/article/view/394/378  Pavo Cuadrado, D. (2021). Cáceres, José Antonio. (2020). Figura. Edición, estudio y notas de Emilia Oliva. Texto de Fernando Millán. Reproducción facsimilar. Cáceres, España: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura (UEx). 209 páginas. ISBN: 978-84-9127-060-7. Index, Revista De Arte contemporáneo, (11), 207-219. https://doi.org/10.26807/cav.vi11.394.

martes, 16 de febrero de 2021

¿Qué sabemos acá?

 

gallo campanero, emilia oliva. Cera sobre papel. 14,2 x 10,5 cm. 

 

 

                                               Al gallo campanero de Barcarrota


Desde hace más o menos una semana un hecho anodino tiene lugar en mi casa. Entra una llamada telefónica donde, desde una computadora –no me cabe la menor duda-, una dulce voz femenina, como debe sonar sin duda la seductora voz de los ángeles de la muerte, me dice, en inglés, una sola palabra. Tras un largo y absoluto silencio, como si nada fuera ya capaz de producir un roce, un chirrido, un soplo o una ráfaga en el universo, me dice, melosamente: Good-bye. Y, automáticamente, cuelgo. 

 

Ayer, la llamada automática cambió de hora. No lo hizo a las 10 de la noche sino a las 3 de la tarde, justo en el momento en que disponía la mesa para empezar a comer. No tuve el sosiego suficiente para preguntarme por el cambio horario. Esta mañana, al despertar, tras haber dormido profundamente durante toda la noche, me ha venido a la cabeza la llamada de ayer, y las preguntas. 

 

Me pregunto qué o quiénes y para qué uso puede ser de interés la información de mi reacción de coger el teléfono, esperar paciente al sonido de una voz de gente (pero que sé que no es de gente). Me veo ahora, allí, diciendo “diga”, “diga” y me pregunto qué información recaban, que para eso se llama, ¿no? ¿Cómo estás? Me acuerdo de ti. ¿Qué desea? Una bombona de gas, por favor... ¿Qué me pide esa llamada? ¿Saber de mi presencia en casa a esas horas concretas? ¿Mi calma o mi paciencia durante la espera desesperante sin respuesta? ¿El control de mis nervios y las ganas de mandar a paseo, con todos los adjetivos que dispone la lengua castellana a mi antojo para hacerlo, al artefacto que está al otro lado del teléfono? 

 

Ahora me doy cuenta de que, automáticamente, cuelgo. Es un acto reflejo lo que provoca en mí el desconcierto de la llamada. Como de máquina. ¿Qué soy en el intricado de algoritmos del artefacto que me llama? ¿Qué extrae o qué aprende de mi a mis expensas? 

 

La amable despedida que pone fin a un silencio infinito (infinito, por el desconcierto que provoca) se parece tanto a la muerte que quien ha ideado el jueguecito debe tener una mente para hacérsela mirar y recomponer (si algo así fuera ya posible). Detrás del artefacto de marras que en medio del gran silencio responde “Good-bye hayal menos, un alguien. Como detrás del kikiriki que activan los golpes nocturnos de badajo del reloj de la iglesia en Barcarrota hay un gallo campanero que no calla. 


Me pregunto qué pasaría si sigo ahí kikireando “diga”, “diga”, “diga”... ¿Colgará el artefacto? ¿Prolongará su silencio anotando, calibrando, grabando? ¿Hasta cuándo gallo, instrumento del tiempo, yo, mina de reacciones, comportamientos? 

 

Un gallo aprende las horas a golpe de badajo. Una computadora destripa el comportamiento humano. ¿Será el gallo reloj fiable algún día? 

miércoles, 6 de enero de 2021

6 de enero de 2021

 

Fiebre del automóvil 1973. Museo Vostell. Imagen tomada de HOY

Hace algunos años, quien fuera concejala del ayuntamiento, me contó que su casa fue la primera casa diseñada y construida por un arquitecto en Malpartida de Plasencia. Era un hecho que ponía de manifiesto lo lejos que estaba esa Malpartida de lo que tenía lugar ya en el mundo. Lo dijo con cierto orgullo de familia y de ancestros previsores. Imagino que influida por esa profunda fe de todo político en el progreso de los tiempos, el avance hacia un mundo mejor que posibilita la política y el bienestar de los hombres que favorece el desarrollo de la técnica y la división del trabajo. 

Al disponer de los planos y la cimentación de la construcción originaria, había podido ser ampliada, crecer a lo alto, e incluso había sido posible instalar una amplia terraza con piscina, sin riesgo para la estructura, cerca del cielo, casi a la altura de la torre de la iglesia. Atrás quedaba esa forma popular de tener una casa: levantarla sobre o desde lo poco heredado con las propias manos. Después de los bloques de pisos del franquismo, llegó el furor de los unifamiliares y los chalets, según los recursos disponibles que dieran ingresos fijos y créditos bancarios. Primero a intereses altos, lo que fomentaba el ahorro. Luego a intereses bajos, pero con precios de suelo especulado y disparado. Fue un logro de la economía de mercado para la redistribución de la riqueza y la integración en la política económica de la unión europea. Penalizar el ahorro para que el dinero fluyera por todas las arterias del sistema. Consumir, viajar y construir, siempre más y, en apariencia, más barato. Al alcance de todos. Carreteras, autopistas, recientemente, aves (sin alas). La casa más grande, las vacaciones más lejos, los coches más seguros y menos contaminantes hicieron impensables los viajes en familia en los reducidos espacios de un seat seiscientos o un dos caballos. En ese momento ya había llegado a Malpartida de Cáceres, la otra Malpartida, Wolf Vostell y sus obras. No es que no estuviéramos advertidos. Nos lo dijo con una sentencia que publicó en múltiples periódicos del mundo y de la región, en formato anuncio “Son las cosas que no conocéis las que cambiarán vuestras vidas”. 

Hechos y comportamientos aparentemente banales, cotidianos, propician sucesos de dimensiones catastróficas. Pienso en la distorsión que introduce una silla de bebé en el espacio vital, no el bebé en sí, hecho ancestral, sino el objeto silla de bebé. Me parece ahora que ha tenido repercusiones incalculables. La comodidad de un paseo a pie puede resultar intrascendente. La libertad de un paseo en vehículo de tracción mecánica –el bebé seguro- se traduce en términos de horas de trabajo que hay que añadir y modificación de la ley de seguridad, normativa de fabricación, coste de producción, volumen que ocupa. El espacio es entonces un problema por resolver: en el piso, el coche, la vida. El espacio que ocupa un objeto, una silla de bebé cuando ya no son suficientes los brazos. Y todos y cada uno de los objetos de los que nos vamos rodeando.

Todo lo que hemos perdido se resume en la noticia del periódico HOY: Mi regalo de Reyes es derribar mi vivienda en la zona de La Vinosilla” (Ana Belén Hernández, Plasencia, 6 enero 2021, 09:05). La legislación aprobada, la denuncia previa y la sentencia de un juez obligan a Santiago Santos Gil a derribar su única casa, de 55 metros cuadrados, construida en 2011, porque la ha hecho sin permisos, en zona no urbanizable. Santiago Santos Gil no ha entendido que ya no vive en el mismo territorio vital de sus ancestros, donde uno podía construir una casa con sus manos sin más licencia que la de ser dueño del terreno que iba a habitar, cédula de habitabilidad para enganches de luz y agua, y poco más. 

Vuelvo a la otra Malpartida, y al Museo Vostell para visitar mentalmente la enorme langosta articulada que es la instalación Fiebre del Automóvil (1973). “Un Cadillac rodeado de platos, del que salen tres rastrillos que reaccionan al paso de transeúntes con movimientos perpendiculares, varios martillos y dos maniquíes, tumbados al lado del coche, cubiertos por planchas de plomo” (NORBA, Revista de Arte, vol. XXXV (2015) / 243-253). Ayer me comentaba César Velasco, director del Museo Pérez Comendador-Leroux (Hervás) que los museos no son actividad necesaria en esta situación de pandemia y son de las primeras cosas que cierran, junto a las bibliotecas. Pienso que debe ser por la respiración contagiosa de las obras de arte. Esa plaga.