martes, 7 de abril de 2026

Lejos del paraíso. De regreso de la Toscana

 

Vista de la campiña Toscana desde Pienza, los Apeninos al fondo.

Entre el Tigris y el Eúfrates, en el creciente fértil, en Mesopotamia, en el V milenio antes de Cristo se gesta la idea del paraíso en el poema de Enki y Ninhursag. No había dioses aún para expulsar al hombre del paraíso y enfrentarlo al dolor, al trabajo y a la muerte.

Entre los siglos IX y III antes de Cristo, en Etruria, el pueblo etrusco dio forma de paraíso a la tierra que habitaba. Entre el Arno y el Tíber, entre el Mar Tirreno y los Apeninos, los etruscos fundaron una liga de 12 ciudades, Dodecápolis, y dieron forma a un paisaje que aún hoy nos sobrecoge. Suaves y fértiles colinas, donde el agua es tan abundante que lejos de tener que crear canales para irrigar las tierras que hagan posible los cultivos, en la Toscana, los cultivos se suceden ininterrumpidamente en parcelas separadas por pequeños canales en uve, no de irrigación, sino de drenaje. Las lindes, los caminos marcados por hileras de cipreses dan sombra y cobijo frente a la exultante luz y permiten reposar la mirada de la borrachera del azul sin límites. El ciprés no indica allí el lugar del cementerio. El ciprés se yergue contra la luz del cielo, señala la eternidad y la hace habitable, ya que su silueta y su sombra dan dimensión al espacio y al tiempo. Sin el ciprés, la línea de horizonte perdiéndose directamente en el azul inmenso, el eterno continuo, nos llenaría de espanto. Así lo expresa Leopardi en su poema más célebre: “L’infinito”. Quizá por ello en Etruria no hay verdadera separación entre la vida y la muerte, entre el aquí y el más allá. El arte funerario etrusco prolonga en sus túmulos, tumbas y monumentos funerarios un ideal de vida –que bien pudiera ser la del paraíso mismo- más allá de la muerte. La casa de los muertos, soterradas o en grutas, prolongan las estancias de la casa de los vivos a otro nivel de existencia y los sarcófagos son cubiertos por esculturas en las que los rostros de los vivos – verdaderos retratos del difunto en la época tardía- nos siguen hablando del placer sosegado que es vivir. No era la guerra lo que ocupaba sus días –aunque hubieron de defenderse contra los ataques de umbros, ligures, celtas y cartagineses, y fueron finalmente vencidos por los latinos y asimilados a Roma. Su interés era, como en el caso de los griegos con quienes mantenían buenas relaciones, el comercio. La influencia griega, micénica, está presente en su arte. ¡Qué poco sabemos de la cultura micénica y de la cultura etrusca! Y, sin embargo, algo nos dice que allí se encuentra el germen del paraíso, que todo lo que Europa fraguó más tarde, literatura, música, ciencia, pensamiento y arte, tuvo allí su origen. El deslumbramiento del ser y el universo, el hombre y la libertad como principio fundador de toda ética. La alegría de vivir representada en escenas de banquetes, bailes, música en los frescos de las cámaras funerarias. Una cultura en la que la mujer gozaba de una posición privilegiada. Se conservan 3000 espejos de bronce y sus inscripciones nos permiten inferir que, en un periodo de analfabetismo generalizado, las mujeres etruscas sabían leer y escribir. Cuenta el historiador griego Teopompo de Quíos: “las mujeres etruscas no sólo asisten a los banquetes con sus maridos, sino que además van con cualquiera. No les importa mostrarse desnudas en público y hacen deporte en el gimnasio junto a los hombres. Por si fuera poco, comen y beben copiosamente y son hermosísimas”. Armonía de vida. Qué lejanos y rotos, como fragmentos arqueológicos, parecen hoy estos principios.

Frente a los pueblos nómadas – aguerridos guerreros con cultura de pillajes, incendios y saqueos- los etruscos y los griegos instauraron la ciudad como espacio donde nace la civilización. La llegada de los nómadas se ha saldado siempre con la destrucción de la ciudad. Sin embargo, pese a este conocimiento histórico, cada vez más, la idea del nómada adquiere más peso en nuestro mundo globalizado. La vuelta al nomadismo en los últimos años, el asalto a la ciudad de poblaciones flotantes, ha dado lugar a megalópolis delirantes vomitadoras de miseria. No hay cipreses que delimiten lindes ni ofrezcan referentes espacio-temporales. El tiempo y las ciudades infinitamente fragmentados de hoy son tan inhabitables como el cielo y el horizonte sin hitos antaño. La tentación de occidente es la seducción de la barbarie. Máquinas, ordenadores y robots facilitan tareas hasta dimensiones inimaginables. La liberación del dolor, del trabajo y la prolongación de la vida del hombre casi hasta la centuria, parecen indicarnos que hemos roto la maldición bíblica y que el paraíso es aquí y ahora. Con todo nuestro golpe de vida hedonista y satisfacción inmediata de los deseos más pueriles, nunca el hombre ha estado tan invadido por la tristeza. Hacemos de casi todo, incluida la risa, una terapia. Todo se organiza para permitirnos la evasión y la huida, permanentes enfermos de nosotros mismos.  Ni siquiera en los siglos más duros del esclavismo, el hombre alcanzó tal devaluación: no ser útil ni como fuerza bruta puesto que casi todo lo hacen ya las máquinas.  Un cartel publicitario en la puerta de una carnicería en Orvieto me da que pensar: “Muerta, la carne del más noble de los hombres es inferior a la del cerdo”. Pues, menos mal, porque si no, el canibalismo habría dejado de ser tabú.  Después de años de relatos humanizados de los animales en cualquier cadena de televisión -muy lejos de la explicación objetiva de Félix Rodríguez de la Fuente, iniciador del género- hoy vamos camino de la equiparación legal del hombre al animal haciéndole sujeto de derechos. Sin pestañear. A la par, en nombre de la vida, el comercio de órganos y tejidos para trasplantes puede transformar al pobre hombre desvalido en piezas de una siniestra cadena de montaje. Nunca hemos estado más lejos del paraíso.


Notas del viaje a la Toscana, julio 2015.