lunes, 6 de agosto de 2018

un cubo, una soga y tiras de caucho

Había siempre en la furgoneta de quien llevaba el pan cada día a fincas alejadas -entonces, a los ojos de la niña que era, laberinto de caminos de inaprehensible trayectoria- un cubo de zinc no muy grande, ligero, una soga -enrollada con maestría y criterio invariable- con un gancho de alambre grueso como una interrogación y unas tiras de caucho negro de cámara de neumático en amasijo de culebras gordas, al fondo, contra el respaldo. Cosas, sin interés, que viajaban junto a los cestos del pan. Los panes dispuestos de canto, en hileras, cubiertos con un paño blanco. Un enganchón dejaba a veces una ventanita, una fisura en el continuo blanco, sin trascendencia, donde asomaba un pico dorado. Nunca me pregunté ni pregunté el sentido de aquellos cachivaches que viajaban sin tregua, un día y otro, por caminos de polvo o de barro, de piedras asomando o baches socavados por la lluvia, entre bosques de encinas clareados y paredes de piedras que ponían cancela a las liebres huidizas de los campos. Un día el cubo, la soga y las tiras de caucho se hicieron visibles. No fue perceptible entonces. Sólo fue un gesto que pasó sin preguntas, como cae la lluvia o atraviesa el cielo un pájaro. Debía ser primavera, porque sino no me hubiera permitido acompañarle. El precio, subir y bajar del coche para abrir y cerrar cancelas. Los caminos debían estar embarrados, pero es algo que añade mi memoria al gesto imprevisible. Los campos estaban -imagino- pletóricos de hierba y salpicados de flores blancas y amarillas, con titilar de hilillos de agua que corrían en réplicas de rayos entre encinas. Un cauce de agua subido atravesaba el camino, sin puente ni vado franqueable. "Siéntate aquí y cuando te diga sueltas el freno de mano y el pie del freno poco a poco." Yo, al volante, como un juego. Haciendo fuerza con mi pierna contra el freno. Le vi alejarse con la cuerda colgada del hombro como una manga en la que el brazo encuentra su sitio, y las tiras de caucho bajo el brazo, algo frágil y blando, como un hijo al cuadril. Le vi después, del otro lado, enrollar las tiras de caucho al tronco de una encina que crecía al otro lado del vado. No sé cómo ha cruzado la corriente de agua absorta en mi juego de imaginación al volante del auto y la concentración en la pierna que se cansa de aguantar la presión. Y de pronto la orden: "Suelta el freno de mano primero, deja suelto el volante" Y le observo tirar de la cuerda rodeando la cincha de caucho y desplazar suavemente, primero pendiente abajo y luego pendiente arriba, el auto.  Imágenes sueltas, aparentemente inconexas. El camino sigue y se pierde en la memoria. A veces, vuelve el gesto, inexplicable, como un enigma. El caucho revistiendo el cuerpo de la encina, la soga avanzando por ese cauce negro como en autopista y la furgoneta saltando al otro lado. Un gesto sin más y la pregunta que nunca hice. Ese gesto que esconde hoy una clave para comprender un mundo que desaparece, una pregunta sin respuesta. 

miércoles, 2 de mayo de 2018

por este orden


primero hay que perder 
después apreciar

es la pérdida 
lo que da valor a lo que se tiene

lo que se tiene
no lo que se posee

tener y poseer
no son sinónimos


sábado, 21 de abril de 2018

pájaro-pez

José Antonio Cáceres, acuarela
Intersecciones y confluencias entre José Antonio Cáceres y José Angel Valente. La concepción de la escritura. "Consciencia de ser" en JAC. "Estar" en JAV. Y el enigma del pájaro-pez. En JAC, obsesivo, toda una serie de pequeños dibujos, indagación de formas, colores, trazo seguro, depurado de 1969. Reflexión "al maestro cantor" en el diario  de JAV en 1979.

Escribe José Ángel Valente en su diario:


24 de marzo de 1979.  Escribir es como la segregación de las resinas; no es acto, sino lenta formación natural. Musgo, humedad, arcillas, limo, depósitos, fenómenos del fondo, y no del sueño o de los sueños, sino de los barros oscuros donde las figuras de los sueños fermentan. Escribir no es hacer, sino aposentarse, estar.
(...)
Al maestro cantor

Maestro, usted dijo que en el orbe de lo poético las palabras quedan detenidas por una repentina aprehensión, destruidas, es decir, sumergidas en un amanecer en el que ellas mismas no se reconocen. Hay, en efecto, una red que sobrevuela el pájaro imposible, pero la sombra de éste queda al fin, húmeda y palpitante, pez-pájaro, apresada en la red. Y no se reconoce la palabra. Palabra que habitó entre nosotros. Palabra de tal naturaleza que, más que alojar el sentido, aloja la totalidad del despertar.


José Antonio Cáceres, Pájaro-pez, 1969. bolígrafo y lápiz de color



jueves, 29 de marzo de 2018

ese engaño de luz

Apreturas del río Almonte, Geoparque de las Villuercas-Ibores, Cáceres



ese engaño de luz
y liquen
casi planta
que rezuma en la piedra
veta de oro
sueño de princesa
cuando niña

picos recortados en el azul
como dientes o espalda de
dragón
adormecido
rañas, dice ahora, el cartel
que interpreta el paisaje
no ausente de poesía
pliegue en rodilla, dice
rodilla de gigante que duerme
dragón o príncipe encantado
murmura el agua
o ruge

reverberación del sonido
el río que pasa
reverberación de la luz
en lascas de pizarra
destellos como astros
que emergen de lo negro
pulido en lutitas
por las aguas
desmadradas

cómo entender lo que el agua dice
bajo el concierto amable del pío pío
el susurro del viento en las ramas

no se ven las aves
se presienten
presentes

como el dragón que duerme
o la niña que mira
el relampaguear del oro entre la roca

lunes, 7 de agosto de 2017

bicicleta para pedalear el caos

Jour de fête,  Robert Doisneau, 1949

afortunado aquel que 
organiza el caos de los recuerdos
escribe sus memorias
publica
una bicicleta lista para pedalear

para aquel que 
desafortunado
no encuentra el hilo ni el sentido
sirve 

si no de consuelo, tal vez de envidia
y le distrae del abismo 
                                        bajo los pies

martes, 18 de julio de 2017

Comedores de cabezas

Roland Topor



En los buenos tiempos de cacerías del barón de Ravots, época todavía de nobles y príncipes, principios y caza,  ritos y escanciado de horas a la luz de las velas, quien tenía la suerte de comerse las cabezas de las becadas crujientemente asadas a la leve llama –porque la del largo pico le señalaba, según cuenta Guy de Maupassant- alcanzaba también la corvea de narrar una historia para compensar a los comensales que no habían tenido la misma suerte. Así, se van amontonando en el volumen Cuentos de la becada historias cuyos personajes suelen estar embrutecidos por la ignorancia.



Hoy, en época de futbolistas y multimillonarios, sin príncipes ni principios, con derechos de animales y educación gratuita, a los escritores sin suerte les queda –como ejercicio de poder y placer- regalar libros.



Comer y dejarse comer la cabeza, claro. No es tiempo de ignorantes, ni de cacerías, ni de caníbales.

miércoles, 5 de julio de 2017

Como si el mundo acabara de nacer



A Mª Luz Báez, por su acción magistral, su entereza y sosiego.




El maestro[1] abre el aula cada mañana como si cada mañana el mundo acabara de nacer. Olvida, aunque lo anote y corrija machaconamente, el desinterés: que fulanito no trajo libros ni cuadernos, que zutanito vino con los deberes por hacer,  que menganita gusta de estar por los pasillos y llega otra vez tarde. No tiene en cuenta la respuesta airada de quien ya siente el peso de la exclusión o pide a gritos un límite que no le ofrecen. Acompaña la timidez desolada de quien se hace invisible en una esquina y no le sale la voz. Cada día es un estreno y confía que el afán que acarrea cada amanecer venga preñado de esperanza. Hay días que algún alumno le sorprende y le regala, como una  flor abierta de forma inesperada, un brote de sabiduría, una intervención gozosa, la fortuna de una frase en la que late el espíritu, un trabajo bien hecho o una sencilla pregunta que abre el mundo como una sandía y llena de frescura, color y luz la jaula que es el aula. Un destello de gozo para los días grises de la incongruente burocracia.



El maestro suele ser ecuánime en su juicio, aunque defraude a los padres en sus expectativas. Por el maestro pasan las generaciones de alumnos como se suceden las hojas en los árboles. De algunos volverá a tener noticias. Los hijos de sus alumnos componen ya nuevos paisajes y, a veces, en su cabeza, cambia los nombres y las fechas. De otros, nada sabe. Cambian las generaciones y cambia el mundo. El maestro no ve que los problemas sean otros, aunque otros sean los métodos que intentan dar respuesta y muchos los manejos de algunos charlatanes. El maestro piensa que los hombres vienen al mundo desorientados, desnudos y con frío. Que su misión –si alguna tiene- es transmitir las coordenadas del complejo mundo que habitan (que no son sólo las de hoy, vienen de lejos), hacerles descubrir los trajes de los que disponen a medida que crecen (las posibilidades se multiplican cuanto más compleja es la sociedad en la que viven) y arroparles en la elección para que se sientan seguros (ayudarles a descubrirse a sí mismos y a encontrar un camino propio y no lo que otros desean para ellos).



El maestro sabe que, al abrir el aula, el mundo entero con sus contradicciones se cuela en ella prendido en las capuchas o  agarrada como polvo en las deportivas de los chicos. Al maestro le gustaría disponer de un poco de sosiego, acallar el ruido que llega de la calle, el fragor del mundo y sus charlatanes, y abordar la jornada con cierta calma. El maestro encaja, en no pocas ocasiones, la desautorización de las familias, la banalización de la enseñanza en los medios de comunicación, el espectáculo en que convierten el aprendizaje los programas televisivos, la mentira interesada de todos los gobiernos y hasta la difamación. El maestro, el que reniega de ser un funcionario de ocho a tres, piensa en los alumnos en sus tardes y maquina cómo despertar la inquietud o la curiosidad por todo lo que cae tan lejos de su entorno y sus centros de interés que pivotan en torno a móviles, tabletas, redes sociales (esas redes de pesca para atrapar a incautos). Piensa cómo transmitir la ciencia, las matemáticas, la literatura, la historia, el arte, la filosofía, las preguntas que se han hecho los hombres, las palabras que usan y las que todavía no y que sólo encontrarán si acaban dialogando con los muertos a través de sus libros.



El maestro procura ignorar el ir y venir de dimes y diretes, colabora en el centro si puede o le dejan, según se van formando los grupos de poder (democracia obliga). Tapa grietas, obstruye agujeros y vuelve a levantar el edificio del saber que torpedean por doquier. El maestro encara cada jornada sin la ilusión perdida. El maestro abre el aula cada mañana como si el mundo acabara de nacer.












[1]  Etimológicamente: el que está más experimentado,  frente a profesor: el que declara en público.