jueves, 1 de septiembre de 2016

anamorfosis 3


















la verdad
¿este destello con nudo de sombra?
¿esta herida transversal
                                    en lo que existe?

miércoles, 15 de junio de 2016

beocia


Goya, Caprichos
La corriente por la que nos llegan las palabras es misteriosa. La razón por la cual refulgen como un destello en un momento dado tiene que ver con lo personal vivido. Mi madre usaba la palabra "beocia" que me parecía tan malsonante, tan poderosa por su aplomo certero, que siempre pensé que era de esos vocablos locales cargados de desprecio con que desacreditamos al otro. No está en mi vocabulario pero ha restallado nítida al oirla en una conferencia del filósofo Gustavo Bueno. Ignoro por qué vía una palabra -que ahora en boca de Gustavo Bueno debe ser culta-  ha lelgado al vocabulario de mi madre. El hecho es que todo un mundo ha sido evocado de golpe por la palabra. He perdido el hilo del discurso del filósofo y me he sumergido en un mar de diatribas conmigo misma. Hasta he pensado qué útil la habilidad que tenía mi madre para separar el grano de la paja y de calificar así, sin complejos, a la persona beocia. Cuánto sufrimiento nos ahorraría el poner distancia entre aquellos que con mezquina maldad juegan a desacreditarnos permanentemente porque no tienen nada más que elevar a lo alto desde sus manos. Lo ha dicho Gustavo Bueno y de pronto lo he comprendido "La gente es tan beocia que te atribuye lo que no has dicho" y añado, incluso, lo que no has hecho. No es cualidad privativa de analfabetos o iletrados. Está por todas partes. Ya nos lo mostró Goya en sus Caprichos. Lo acabamos de ver en la exposición sobre Goya de la Fundación Mercedes Calle en Cáceres. Es pan de cada día en los medios de comunicación y fundamenta un nuevo periodismo que pone los pelos como escarpias. Está en el aire y no deja respirar allá por donde pasa.

domingo, 15 de mayo de 2016

rito y grito


Gritar a quién, adónde. Los que vivieron la baja intensidad de las bombillas, los apagones, conocieron carburo y candil, poseían un gesto poderoso frente a la adversidad: encender una mariposa, una lamparilla de aceite, en recuerdo de los muertos, en súplica de protección para los vivos, llanto de humo, plegaria de deseos. Encendían velas en las iglesias y se recogían en medio del olor a incienso, omnipresente. El gesto se perpetua  aunque el olor a incienso haya de buscarse quemando varillas compradas en mercadillos. Para no gritar, vuelve el rito, esa "vieja costumbre irremediable". Aurora Luque me ha tomado la delantera en el poema.

 "En una iglesia ortodoxa de Viena"

Inquieta el resplandor de las iglesias,
la penumbra que envuelve el oro antiguo
el silencio que brota de un murmullo
de salmos estancados y plegarias,
los santos poderosos y sus rostros
que un éxtasis tortura,
el incienso y las velas palpitantes
con sus luces de miel
junto al iconostasio.
                                 Recuerdo aquellos versos
de Cavafis, sus cirios luminosos o recién
apagados al soplo del presente.
Mis velas no son días en fila: son deseos
extinguidos sin cálculo, sin orden
o prendiendo en los días venideros
supuestamente hermosos y gentiles
-los deseos, el otro calendario.

Y repito una vieja costumbre irremediable.
en templos y capillas, con una fe muy turbia
-San Terapio de Lesbos, San Saturio de Soria,
la capilla minúscula de Rézimmo,
Santa María de San Sebastián,
la perfumada ermita de Narila,
Viena o San Francisco de Liubliana-
en todas las iglesias y bajo fe dudosa
dejo algunas monedas, como una vela humilde
y al dios de los deseos, si lo hubiere,
impostora y ritual,
le invento una oración hereje y terapeútica.

viernes, 11 de marzo de 2016

abres las palabras

http://www.artehistoria.com/v2/obras/12287.htm

abres las palabras
y las dejas caer

objetos punzantes

en medio de la carne

no hay dolor ni estremecimiento


caen              pasan

como pájaros el aire

como las hojas

el detritus del otoño
          
perla de sangre a ras de piel
ortiguilla indecisa
sabor a mar desalojada
         


         


martes, 19 de mayo de 2015

Lo importante es leer, sea lo que sea

ABC El Cultural 6/4/2006

 A Ricardo Senabre, in memoriam

Por más vueltas que le doy, no puedo imaginarme a Ricardo Senabre diciendo que lo importante es leer, sea lo que sea, incluso los prospectos, todo lo que caiga en vuestras manos, como he leido recientemente en un blog de una antigua alumna suya con motivo del fallecimiento del profesor. Fui alumna suya, y hasta donde alcanza mi memoria, la exigencia con el tipo de libros que leíamos le llevaba a ironizar muchas veces en clase. Y la ironia de Senabre era para echarse a temblar. O al menos, así me parecía entonces, o recuerdo ahora que me parecía así entonces. Por eso me he alegrado mucho cuando Juan me ha traído un artículo que ha desempolvado de una de sus carpetas: "La lectura necesaria" de Ricardo Senabre publicado en El Cultural de ABC del 6-4-2006 y tras leerlo he constatado que no andaba yo descaminada. Después, me ha dado por rumiar el asunto de la casualidad de la aparición del artículo, como movido por duendes, y me he dicho que tenía que traer aquí, a mis torsiones, lo que realmente sostenía el profesor Senabre. Y es que no me lo imagino sosteniendo una cosa en clase y la contraria en la prensa sobre el mismo asunto. Dice Senabre:
 "Si dejamos aparte las obras impresas que son objeto de acercamientos de carácter utilitario -manuales de enseñanza, diccionarios, enciclopedias, libros técnicos y otras clases análogas-, es evidente que las consideraciones acerca de la actividad lectora y de los índices de lectura en un país, así como la valoración sociológica y cultural de esa actividad, se refieren siempre a lo que, de un modo muy general, entendemos como obras literarias: narraciones de ficción, poesía, ensayo, biografías, teatro... Cuando en una encuesta se pregunta a alguien por su afición a la lectura, no se trata de saber si frecuenta el periódico o el manual de instrucciones de la lavadora, sino si lee algo que, con mayor o menor enjundia, pertenece al ámbito de lo que convencionalmente llamamos literatura. Las respuestas suelen ser desoladoras: cada día parece haber más personas ciegas para la lectura, es decir, con los sentidos obturados para ver y entender el mundo."
¿Por qué para el profesor Senabre no constituía de interés el que se leyera cualquier cosa que cayera en las manos? como sostiene la referida exalumna y profesora en un centro de enseñanza donde invita a leer, lo que sea, pero a leer, desde su blog. Nos lo explica más adelante en su artículo, y lo transmitió en sus clases, vive Díos que doy fe de ello.
"Porque de eso (de entender el mundo) se trata: lo primero que hace la literatura es dilatar nuestra retina, ampliar nuestra capacidad de visión, mostrarnos múltiples maneras nuevas de contemplar las cosas, sacarnos de nuestras casillas y acercarnos a otras formas de vida posibles, a otros modos de amar, de vivir, de sentir. Gracias a la literatura, nuestro mundo mental se ensancha prodigiosamente. Los libros nos permiten emigrar a otros lugares y a otros tiempos, conocer las experiencias, los estados de ánimo, los sueños, las venturas y desventuras en que se forjaron miles de seres humanos -reales o de ficción- de otros ámbitos y tal vez de épocas remotas a los que, salvando las barreras del tiempo y del espacio, podemos acercarnos como a viejos amigos y maestros del vivir. No existe instrumento de comunicación ni vínculo de solidaridad más formidable. "
Añade más tarde:
"Los seres refractarios a la lectura tendrán reducido a proporciones minúsculas su espacio vital. (...) Serán seres dóciles, pasivos, sin apenas experiencias, sin recursos ante las situaciones nuevas a que se enfrenten, y acaso preferirán dejarse hipnotizar pasivamente ante una pantalla a la que, además, tendrán la ilusión de dar órdenes. (...)
"Y todo eso les ocurrirá por haber padecido una errónea educación de la sensibilidad"
Si el fomento de la lectura que hacemos desde las aulas es leer por leer... apaga y vámonos.