miércoles, 12 de enero de 2022

Cáceres, la ciudad que podría levitar


Foto de Isabel Blanco Ollero (en Facebook)

Cuenta Torrente Ballester en su novela "La saga fuga de J.B." que cuando los habitantes de Castroforte del Batalla están preocupados la ciudad entera levita. No sé si después de este número de Norbania "la ciudad que queremos" (número 8, 2021) Cáceres se desgajará de sus cuadernas y cimientos y acabará sobrevolando la península, levemente escorada por los vientos hacia un interior cada vez más paupérrimo.  Lo imaginado y lo real suelen tener puntos de desencuentro. 

Cuando llegó la fotografía y lo real empezó a ser representado como copia por la cámara oscura, la pintura pareció quedarse sin objeto y derivó hacia la deformación (Impresionismo, Expresionismo, Abstracción...) o hacia el perfeccionismo más absoluto en la representación de lo real, el Hiperrealismo, tan excesivo en su declinación de lo real, tan real, que lo  convirtió en materia de los sueños. Surrealismo de Dalí, por poner un ejemplo.

En no pocas ocasiones la fotografía se ha distanciado del objeto y se ha adentrado en busca del reflejo, la luz, la forma descomponiendo lo real en partes, conduciendo a la abstracción la representación, antes "fidedigna" de lo real (si es que esto fuera posible). Ahora que lo real se vuelve virtual, quizás a la fotografía le vuelva la sed de la captura de la magia de lo real tal como se despertara en los dibujos de las cavernas y se desplegara en la pintura a lo largo de los siglos. Algo de esto he creído percibir en algunas imágenes publicadas en la revista.

En las fotografías de Miriam A. Gómez Cornejo de la parte antigua de la ciudad de Cáceres existe una búsqueda de la expresividad propia del dibujo. Un cierto trazo grueso próximo a la nota rápida del carbón sobre el papel. Una búsqueda de la distorsión que el ojo y el trazo de la mano introducen en la reproducción de volúmenes y espacios. Como si por detrás de la cámara, el ojo proyectara el cúmulo de imágenes de la memoria, los apuntes, dibujos, tintas que uno conoce de esos espacios de la ciudad. O quizá es que el que mira las fotos, ahíto de virtualidad, consumado bebedor de pinturas, no ve sino lo que depositado en la memoria toma cuerpo como real. Porque esto del ver, el conocer y el ser sigue siendo la piedra de Tántalo del ser humano. Ver la ciudad, conocer la ciudad conduce al ser de una ciudad que hoy parece estar en una encrucijada. Preservar lo real sin dejarse arrastrar a lo virtual y taponarse los oídos ante ciertos cantos de sirenas quizá permita a la ciudad seguir arraigada. Dependerá de lo que el tema preocupe a sus habitantes.

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